Pequeños y medianos museos que hacen de Barcelona una ciudad singular
2018-06-26

Por Maria Palau

Barcelona tiene un fuerte latido artístico. No podría ser de otra forma tratándose de la ciudad en la que irradiaron su talento tres de los creadores más importantes del siglo XX: Picasso, Miró y Dalí. Los dos primeros cuentan con museos monográficos que exhiben algunas de sus obras maestras. Sus centros, de larga trayectoria, son los más conocidos y visitados del rico tejido de instituciones artísticas de esta capital mediterránea tan profundamente ligada a su cultura de carácter cosmopolita. El público, tanto el local como el foráneo, los tiene totalmente integrados en sus hábitos culturales. Y lo mismo ocurre en otros grandes museos, como el de arte contemporáneo (MACBA) o el canónico del arte catalán desde sus raíces románicas (MNAC), que la asistencia es también multitudinaria. 

 

Pero lejos de estos equipamientos top, las atracciones más populares de una ciudad que el mundo mira y admira, existe otra Barcelona un tanto secreta y, sobretodo, muy singular con una amplia red de pequeños o medianos centros. O no tan lejos: la mayoría se encuentran situados en las calles más céntricas y mejor comunicadas. No pueden competir en cantidad, ni en fondos ni en superficie de sus sedes. Sus contenidos y sus continentes son de escala humana. Pero sí que pueden presumir de excelencia y de temperamento propio. Y de lo que no hay ninguna duda que están tremendamente lejos es del ajetreo que viven, y a veces padecen, los museos estrella, con sus largas colas y salas abarrotadas. 

 

Muchos usuarios de museos valoran las entidades que huyen de los modelos uniformes y que cuidan sus particularidades únicas e intransferibles. Y es que las principales ciudades cada vez se asemejan más y esto afecta el alma de sus instituciones artísticas, que se mimetizan como un efecto más de la globalización. Más allá de los imprescindibles que promocionan las guías oficiales, en Barcelona la oferta alternativa (alternativa, sí, pero ni mucho menos marginal) es especialmente potente. Son lugares muy enraizados y con encanto que más que buscarlos hay que querer encontrarlos. No pasan desapercibidos pero sus tesoros están mucho más escondidos. La recompensa es una experiencia con el arte más auténtica porque no tienen su equivalente en ninguna otra ciudad.

 

De Warhol al Antiguo Egipto

Dalí no tiene museo en Barcelona y, para mayor frustración, no es un artista demasiado presente en las colecciones públicas. Para sumergirse en su universo creativo lo mejor es desplazarse al territorio que lo vio nacer, crecer y morir, en el Empordà, a menos de dos horas de la capital. Pero el genio surrealista sí que ha conseguido infiltrarse en la Fundació Suñol. Este centro ubicado en el número 98 de la vía con más solera y muy transitado de día y de noche, el paseo de Gràcia, es un paradigma de un modo de ser y hacer muy catalán. Su propietario, el empresario Josep Suñol, ejemplifica el liderazgo cultural que ha ejercido tradicionalmente la sociedad civil para suplir carencias de sus instituciones públicas. Durante muchos años Suñol fue un mecenas en la sombra. Gracias a su relación con el galerista madrileño Fernando Vijande, el introductor de las vanguardias en España en los años setenta, reunió una colección de más de 1.200 obras del agitado siglo XX, fundamentalmente de arte español pero con destellos magníficos de arte del resto de Europa y norteamericano. Dalí, sí. Y Picasso y Miró, también. Y Warhol, Man Ray, Alexander Calder, Richard Avedon, Giacomo Balla, Jean Arp, Alberto Giacometti... Una nómina de lujo.

 

Durante décadas, la colección de arte contemporáneo de Josep Suñol fue la más consistente en manos privadas de todo el Estado español. Quizá aún lo sigue siendo. Pero no fue hasta el 2007 que se decidió a abrirla al público. Le costó dar el paso por su personalidad, de una discreción extrema. Tampoco le servía cualquier local para lucirla. Un fondo de arte hecho a partir de pulsiones de amistad y de amor tenía que ser acogido con el mismo sentimiento. Al final optó por rehabilitar la finca donde él mismo se crió. Un inmueble modernista, claro está. Este ambiente doméstico es su punto fuerte. Porque aquí todo transcurre en la intimidad.

 

La Fundació Suñol despliega una programación de exposiciones y actividades que difunden los artistas y las miradas de su colección. Además, se prolonga en un espacio anexo, el Nivell Zero, con entrada independiente por la calle Rosselló, dentro del cual propaga proyectos artísticos más arriesgados para un público exigente con las últimas tendencias de la creación actual.

 

Sin abandonar el paseo de Gràcia podemos hacer un largo viaje en el tiempo que nos trasladará al arte de hace más de 5.000 años. De nuevo nos encontramos con una Barcelona que se ha hecho a partir de un empeño personal, sin la ayuda de ningún poder político, fuerza militar o fortuna aristocrática, para juntar signos de las civilizaciones más remotas que sentaron las bases de nuestra cultura. En este caso hablamos del Museu Egipci impulsado por otro empresario, Jordi Clos. Otro enfermo del coleccionismo. Su pasión se concentra en la calle València, 284, a tocar del bello paseo. Clos empezó mostrando sus piezas arqueológicas en su hotel insignia, el Claris, a principios de los años noventa. En el 1994 abrió un primer museo de dimensiones modestas en la Rambla de Catalunya y, finalmente, en el 2000 se mudó a las actuales instalaciones, mucho más amplias para albergar sus extensos fondos, integrados por más de 1.300 obras.

 

Clos, de origen humilde, soñaba con ser el Indiana Jones español. Y lo ha conseguido con creces. No es solo un lince rastreando en el mercado de las subastas piezas que han tenido propietarios de lo más selectos, desde princesas hasta diabólicos expoliadores, entre ellos algún que otro nazi, sino que también participa en campañas de excavaciones en la tierra del Nilo. En su museo, que no tiene réplica en la península ibérica y es reconocido en toda Europa, se presentan joyas que se disputarían todo un Louvre o un British. Como por ejemplo la momia de la Dama de Kemet, cubierta con un sensual retrato (real, tal y como han resuelto las investigaciones científicas) de esta joven fallecida en los últimos tiempos de la dominación romana del imperio egipcio. Un mundo que se desmembró en el sentido más literal de la palabra: sus reliquias acabaron dispersas por medio planeta. Y reunificarlas es justamente uno de los estímulos del Jordi Clos coleccionista. La mejor prueba de ello es la reconstrucción que ha promovido de la tumba de Iny, un funcionario de la sexta dinastía que llegó a servir hasta a tres faraones. La capilla funeraria de este personaje real fue saqueada y dividida en muchos fragmentos que el mecenas barcelonés ha ido identificando y recuperando a lo largo de muchos años.

 

Piel modernista

El caso de Josep Suñol no es una excepción. La ruta por los museos más entrañables de la ciudad nos conduce hasta el interior de antiguas residencias de la burguesía barcelonesa que a finales del siglo XIX y principios del siglo XX se alió con la estética modernista para divulgar su manera de ver y de estar en el mundo. Un modernismo que una vez más reducen a la mínima expresión los folletos turísticos. En el paseo de Gràcia (seguimos ahí, sí) no solo deslumbran La Pedrera y la Casa Batlló, dos de los iconos de Gaudí. En la cercana calle Diputació, 250, se alza un edificio con una fachada más bien discreta aunque con unos ojos sensibles se detectan mil y un detalles emocionantes. Es la Casa Garriga Nogués que Enric Sagnier construyó para una acaudalada familia de banqueros. Cuando perdió su uso residencial pasó a tener múltiples ocupaciones no siempre respetuosas con su extraordinario patrimonio, hasta que en el 2008 fue rescatada (se hizo una restauración milagrosa) y reconvertida en un espacio para el arte. Primero para el arte de una colección privada pionera de Barcelona, la del industrial y piloto de Fórmula 1 Francisco Godia que heredó su hija Liliana. Este proyecto finalizó en el 2015, pero fue relevado inmediatamente por otro: el de la Fundación Mapfre.

En la Casa Garriga Nogués, sede de la Fundación Mapfre, cada detalle arquitectónico cuenta para ver con una luz diferente obras maestras de la pintura y de la fotografía. (ANDREU PUIG/EPA)

 

La entidad madrileña ha llenado un hueco en el mapa cultural de Barcelona con una programación que tiene dos puntales: la pintura y la fotografía de firmas universales. Telas e instantáneas cobran una nueva vida y lanzan nuevos mensajes coqueteando con unos elementos arquitectónicos y decorativos muy especiales que nada tienen que ver con las atmósferas asépticas de los grandes museos. Con ornamentos como la solemne escalinata de mármol del vestíbulo o el conjunto de vitrales que dotan de luz y color las distintas estancias no se ven igual los obras de arte. No hay más que comprobarlo.

 

En la Fundació Antoni Tàpies la piel modernista de naturaleza industrial cobija una de las manifestaciones artísticas más sólidas del panorama catalán de la segunda mitad del siglo XX. Tàpies, el artista español más internacional después de Picasso, Miró y Dalí, escogió para su museo la primitiva editorial Montaner i Simón que Lluís Domènech i Montaner, maestro de Gaudí, gestó en 1880 en el despertar de este nuevo lenguaje arquitectónico. Tàpies entendió perfectamente que el diálogo entre lo viejo y lo nuevo es transformador. No solo llenó las paredes con sus famosas obras matéricas, sino que intervino en la azotea del edificio para otorgarle otra capa de significado. En lo más alto de la finca instaló la escultura Núvol i cadira, símbolo de una Barcelona que jamás ha renunciado a sus sueños, por inalcanzables que parezcan.

 

La Fundació Tàpies se inauguró en el 1990 y se reinauguró, después de una meticulosa reforma, veinte años después con el Núvol i cadira reforzado con un segundo manifiesto de modernidad: la escultura de medio formato Mitjó, que se impone en su terraza. En este centro situado en la calle Aragó, 225 (sí, en la esquina con el paseo de Gràcia) se exhibe el arte del artista que le dio sentido en harmonía con las muestras temporales que se organizan para abordar la apuesta multidisciplinaria de la creación artística contemporánea.

El Mitjó, escultura insignia de la Fundació Antoni Tàpies. (ANDREU PUIG/EPA)

 

Un legado que pudo desaparecer

Aunque hoy nos cueste creer, el modernismo no siempre fue apreciado. En realidad, estuvo décadas olvidado y sufrió denigraciones hasta los años setenta. Durante este período de maltratos, conscientes e inconscientes, los anticuarios Fernando Pinós y María Guirao hacían batidas en los contenedores de basura y de escombros de los derribos en busca de muebles y objetos de este estilo que los herederos de la decadente burguesía ya no querían para nada. A algunos otros de sus descendientes les compraron a precio de ganga aquel universo ornamental que había acompañado y embellecido sus vidas cotidianas. Con todo este legado que al poco tiempo empezó a revalorizarse crearon en el 2010 el Museu del Modernisme, en un inmueble de la calle Balmes, 48 que, lógicamente, es de la época (lo diseñó Enric Sagnier).

Los interiores de las lujosas residencias burguesas de principio de siglo se exponen en el Museu del Modernisme. (MUSEU DEL MODERNISME)

 

Además de una espléndida colección de pintura y de escultura, con Ramon Casas y Santiago Rusiñol al frente, en este museo se preservan algunos de los interiores más espectaculares fabricados por los virtuosos artesanos modernistas para las élites de la pujante ciudad. Maravillas que estuvieron a punto de desaparecer cuando fueron expulsadas de palacetes tan exquisitos como la Casa Felip, la Casa Batlló o la Casa Garriga Nogués.

 

No nos hemos movido del paseo de Gràcia y sus aledaños. Pero Barcelona sigue siendo un pañuelo si el paseante ingresa en su casco viejo. En la trama histórica coexisten espacios artísticos fascinantes que las masas de turistas casi nunca incluyen en sus circuitos. Uno de los de más reciente aparición es la Fundació Foto Colectania, que en el 2017 dejó su local de Sant Gervasi por una sede del Born que también está impregnada de memoria. Es un antiguo establecimiento de principio de siglo que vendía artículos de guarnicionería. Hoy en esta tienda cabalgan proyectos fotográficos de una altísima calidad. Aliada con las expresiones artísticas, Barcelona es una ciudad que se reinventa constantemente sin renunciar a su pasado.

Maria Palau (Campdevànol, 1975) es periodista en el diario El Punt Avui